El paciente del tercer subsuelo

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Las seis en punto marcaban su llegada en el reloj de pared, y el sonido de aviso generaba en el doctor una curiosa ansiedad. Una gota de sudor le bajó hasta el mentón, miró él reloj, y frunciendo el entrecejo se dirigió hacia la escalera para comenzar el descenso.

Mientras bajaba pudo divisar de reojo la puerta del primer subsuelo: allí donde todavía había vestigios de humanidad, allí donde una risa se escapaba ocasionalmente, tímida y aislada; ahí no se dirigía hoy.

Continuó el descenso y ni se molestó en mirar la puerta del segundo subsuelo, aquel lugar que él llamaba “el purgatorio”: eran aquellos seres que habían quedado neutrales tras su contacto con el suero. Es decir, no eran completamente humanos, pero no llegaban a ser… algo más. Ahí tampoco se dirigía hoy.

Las últimas luces comenzaban a disiparse mientras el doctor Morkin se adentraba en la oscuridad del tercer subsuelo, sus residentes no se llevaban bien con la luz.

Pensó en su familia, tan lejos de ahí, en la seguridad que la ciudad podía prometerles. Sería fácil huir del hospital y volver con ellos, su esposa y su querida hija; pero los resultados del suero demostraban estar cada día más próximos al objetivo, su trabajo estaba ahí. Como una vez dijo Shaw, “La ciencia nunca resuelve un problema sin antes crear otros”.

Encendió su linterna y abrió la puerta: el olor a podredumbre lo invadió y estuvo a punto de hacerlo retroceder, pero él no era débil. Un silencio agobiante lo hacía sentir pesado: ese silencio que tantas veces había odiado, y al que siempre volvía.

Sus músculos estaban tensionados, el pecho contraído, y sus respiraciones ya no le llenaban los pulmones de aire sino de un miedo sofocante. Tras mucho caminar, su linterna alumbró la pared: el primer paciente estaba a metros de él.

La mano izquierda de aquel ser que solía ser un hombre estaba esposada contra un pesado tubo en la pared. Le arrojó una porción de carne cruda al suelo, pero el paciente no se inmutó. El doctor se percató de algo extraño: el paciente estaba riéndose en una muy leve voz. Lo cual era extremadamente raro: ellos nunca hablaban, directamente no emitían sonidos.

El paciente número dos y el tres estaban en silencio, y eso le produjo una extraña satisfacción, pero el cuarto… el cuarto también reía. Reía como un animal, como un ser que nunca convivió en sociedad y no sabe expresarse; con la mano apuntaba hacia la izquierda. Los nervios se apoderaron del doctor Morkin: allí donde tendría que estar el paciente número cinco, allí donde señalaba el paciente cuatro, no había nada.

Pudo encontrar las esposas, todavía colgadas contra el tubo, un charco abundante de sangre yacía debajo, en el medio del cual se encontraba el brazo del paciente cinco. Al doctor se le heló el corazón “Se comió el brazo y escapó, ahora está libre, libre en el hospital”. Salió corriendo de ahí y subió las escaleras hacía la sala principal.

Comunicó la situación gritando a todo pulmón, y pudo percatar como el pánico atrapaba a todos los presentes, como una telaraña a las moscas que pasaban por ella. Por unas horas, el hospital se transformó en un infierno de gritos, órdenes y corridas.

Pasaron tres meses, y el paciente cinco nunca fue encontrado.

La gente del hospital parecía haberse olvidado. “Debe haber muerto en el camino” se oyó decirle a su asistente una vez. Con respecto a los pacientes del tercer subsuelo, ellos ya no reían, volvieron al silencio sepulcral que siempre les fue habitual. Le pareció percibir que lo miraban de una manera extraña ahora, como si tuvieran lástima de él.

Lo extraño sucedió esa tarde, mientras escuchaba música en sus auriculares, matando el tiempo dentro de su consultorio. Una nueva música hacía su presentación ahora, algo completamente diferente al estilo musical que solía escuchar él: Una melodía pesada, con notas chillonas, acompañadas por la tenue voz de una chica, una voz extrañamente familiar.

Tal vez una persona normal no se hubiera percatado, pero alguien tan detallista como él conocía de memoria cada uno de sus temas. Algo andaba mal, eso no pertenecía allí. ¿Era siquiera música? La voz de la chica no cantaba, era más bien un sollozo.

“Alguien entró a mi cuenta y agregó ese tema”. El doctor empezó a transpirar. Su mente empezó a descifrar quien de sus compañeros podría haberle hecho esa broma.

Esa voz, era… ¿Era la voz de su hija? Su cuello le palpitaba ahora al son de unas pulsaciones violentas. Agarró el teléfono fijo de su consultorio y llamó a su casa, pero nadie atendía. Estaba a cientos de kilómetros, ¿qué debía hacer? El celular de su hija y el de su esposa tampoco respondieron. Se volvió a poner los auriculares.

Si, era la voz de su hija, y estaba sufriendo. El tempo de la música comenzaba a subir, y esa risa animal, desagradable e inhumana que había escuchado hace tres meses volvió a aparecer.

La música cesó, ahora solo había silencio. Un grito de horror de su hija le recorrió el cuerpo como un relámpago, le estaban haciendo algo horrible. El doctor lloraba desconsoladamente.

La chica se calló. Todo se calló. Prendió su celular para ver si la pista que estaba escuchando había finalizado, pero todavía quedaba tiempo. Una voz apareció, una voz como jamás había escuchado otra en toda su vida: era número 5.

“¿Sabes cuál es tu problema doc.? Cuando juegas a ser Dios, tienes que tener cuidado de no terminar creando al Diablo…”

 

 

 

 

Terror en el ascensor

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Las puertas del colectivo se abrieron y Marina descendió a la calle. En sus auriculares, ahora sonaba su tema preferido. Subió el volumen: no iba a permitir que los ruidos de la ciudad la privaran de ese momento. Había aprobado la última materia del semestre y estaba rebosante de alegría.

Mientras cruzaba la calle, su celular vibró. Lo sacó para vislumbrar un mensaje de su novio.

“¿Nos vemos a las 20?”

Un auto frenó de golpe a su derecha y le tocó bocina. Muerta de vergüenza, apresuró el paso hacía la vereda, y una vez allí, le respondió a su novio.

“Perfecto! 😊”

Llegó a su casa y se encaminó hacía el ascensor. Dentro, había un hombre que probablemente acababa de ascender desde el estacionamiento. No se dijeron nada. Presionó el botón 17. Marina vivía en el último piso, y si había algo que la molestaba era el lento ascenso del elevador y todo el tiempo que perdía en él.

Piso 8… piso 9… piso 10. Mientras se sacaba los auriculares, echó un vistazo de reojo hacía el hombre. Le sorprendió bastante ver que él ahora estaba en un rincón, con la cabeza apoyada sobre las paredes: era una imagen realmente perturbadora. Pensó en preguntarle si se sentía bien, pero una voz de prudencia en su cabeza le aconsejó que desistiera.

Piso 11… piso 12… piso 13. El corazón de Marina estaba latiendo más fuerte. ¿Cuándo se va a bajar este enfermo? Lo miró otra vez de reojo: era un hombre de mediana altura y estaba encorvado, vestía unos jeans y una campera que ya tenían sus años. Ella sacó su celular para distraerse.

Piso 14…piso 15…piso 16. El hombre seguía en la misma posición, y ella ahora estaba transpirando. Pensó en mandarle un mensaje a su novio, pero dentro del ascensor no había señal. El silencio del momento le permitió darse cuenta de que su acompañante respiraba con dificultad.

El ascensor se detuvo en seco. En la pantalla, se leía “Piso 17”. Puso su cuerpo al lado de la puerta, estaba lista para salir disparada apenas estas se abran. “¿Y si me sigue a mi casa? Por el amor de Dios, no. No pienses en eso”.

Pero la puerta automática no abrió. En su lugar, un ruido mecánico le dio la señal de que la misma se había trabado. Si su corazón latía rápido antes, ahora era un staccato desquiciado. Intentó probar apretando el botón de apertura de emergencia, pero el éxito no la acompañó. Ahora las lágrimas se deslizaban por su cara: se había dado cuenta de algo, algo horrible; el hombre ya no miraba al rincón, ahora la miraba a ella.

Lentamente se dio vuelta, primero mirando al suelo y luego levantando la vista gradualmente. Los ojos del hombre eran negros, totalmente negros. No era solo el iris, la esclerótica era también oscura en vez de blanca. El hombre quiso hablar, y su mandíbula descendió, descendió hasta una posición que ningún ser humano podría alcanzar.

Las luces del ascensor se apagaron. Marina intentó gritar, pero su garganta estaba petrificada como la gárgola de una catedral. Un ruido fuertísimo se escuchó, y el ascensor empezó a caer a toda velocidad.

Ella se aferró a la pared. La velocidad incrementaba a cada segundo exponencialmente y sentía estar a solo unos instantes de su muerte. De pronto su garganta se liberó, y con un grito agudo canalizó todo el terror que invadía su cuerpo.

La velocidad seguía incrementando. ¿Por qué mierda no había muerto ya? ¿Era la adrenalina que ralentizaba la situación? No, el ascensor seguía cayendo. Su garganta le empezaba a doler de tanto gritar. ¿Cuánto más podría caer?

De pronto la velocidad comenzó a disminuir lentamente. Si ahora el ascensor se detuviera, no moriría, o por lo menos eso quería creer. Finalmente, se detuvo en su totalidad y la puerta mecánica se abrió: del otro lado solo había oscuridad.

Usó su móvil de linterna. El hombre ya no estaba. Ningún botón andaba: el ascensor había muerto. “¿Ella también?”. No podía ver nada más allá del alcance de su linterna, pero era el olor lo que hablaba allí; hortalizas podridas, lodo seco, muerte. Se secó una lágrima, y se propuso dar el primer paso afuera del elevador: algo adentro suyo le decía que era el único camino.

Una mano le tocó la espalda. Sintió una ráfaga de vida que le inundó cada partícula de su ser. El ascensor ahora se elevaba. Estaba escuchando algo:

“Tu novia tuvo mucha suerte. Cruzó la calle, descuidada, y un auto la arrolló. El conductor nos contó que iba con los auriculares puestos, y viendo su celular mientras cruzaba. Para cuando llegó la ambulancia, su corazón ya no latía. El médico intentó reanimarla, pero parecía que no había forma de traerla de vuelta. El testarudo no se resignó, siguió intentando reanimarla, y, como un verdadero milagro, su corazón empezó a latir nuevamente ¡no lo podíamos creer! Se podría decir que tu novia vio a los ojos a la muerte y vivió para contarlo.”

 

Algo se esconde en la casa de los Myers

Ghost

Solo el canto de un grillo acompañaba al silencio en una templada noche de verano, una silueta aparecía en el patio trasero de la casa de la familia Myers, sacaba una llave de un bolsillo y abría la puerta mientras esbozaba una sonrisa, en su mirada se reflejaba el orgullo.

Había hecho bien su investigación y ahora todo estaba a su merced, no había nadie en la casa. Encendió las luces y subió las escaleras hacía el cuarto de Will y Gina Myers sin perder un solo segundo. Poco tardó en descubrir la caja fuerte, y se detuvo un rato a mirarla con la misma frialdad que un depredador analiza a su presa. Era uno de los primeros modelos de cajas eléctricas, marca RCJ, sus letras brillaban en un tenue rojo. Antiguo pero batallador, no cedería sin una buena pelea.

Él sabía lo que tenía que hacer, y con paso firme salió del cuarto y se encaminó al sótano; si quería debilitarla necesitaba desproveerla de energía, y en el sótano se ubicaba el tablero eléctrico. Pasó por la cocina y vio de reojo la ventana de vidrio tras la mesa, le pareció ver una sombra que por un segundo le elevó las pulsaciones fuertemente, pero era solo el reflejo de un florero.

Caminó por el pequeño pasillo que proseguía y descendió al sótano. Tras unos minutos de búsqueda vislumbró el interruptor deseado, lo presionó y la oscuridad empezó a devorarlo todo al cabo de unos instantes. Iluminándose solo con su linterna emprendió el camino de vuelta al cuarto.

Al momento de pasar por el pasillo se percató de algo. Había unos estantes con varias fotos de elegantes marcos, sin embargo, todas las fotos estaban en negro. No era momento para curiosear.

Subió las escaleras y se volvió a ver las caras con su vieja enemiga, las letras RCJ ya no brillaban como antes. Sacó sus herramientas de la mochila y tras diez minutos de paciencia el “crack” se hizo escuchar, pocos sonidos le impregnaban el cuerpo de tal felicidad como aquel. Adentro había entre quince y veinte fajos gordos de billetes. Los puso en su mochila con la velocidad de un zorro. “Ya habrá tiempo para contar” se oyó decir a él mismo en voz baja.

Descendió las escaleras sin apresurarse, solo a un novato le podrían jugar una mala pasada los nervios y la falta de luz. Fue hacía el living trasero y vio la puerta por la que entró, respiró aliviado y llevó la mano al picaporte, haciéndolo girar y empujando la puerta.

Firme, la puerta estaba firme. Un balde de agua helada recorrió su espina dorsal, llegando hasta el último de sus huesos. Sacó su llave e intentó abrirla sin éxito, estaba trabada desde afuera. ¿Podía el viento haber movido la traba? Sus años de experiencia sucumbían ante los nervios, y no sabía si quería averiguar la respuesta.

Pero un pensamiento distinto se asomó por algún rincón de su ser: la ventana de la cocina. Sí, era su única salida. Aún con sus años de oficio, todavía era ágil, y conocía las calles como sus propias manos. Podría esperar a que no haya nadie en la cuadra y escapar velozmente como una saeta.

Un ruido invadió el ambiente como un martillazo repentino. El hombre yacía en el suelo retorciéndose de miedo y maldiciendo a los cuatro vientos: se habían encendido las luces de emergencia. ¿Qué maldita casa tiene luces de emergencia? Se paró rápidamente, el cuello le latía como un tambor. El ruido intermitente de las luces de emergencia era un escándalo ante el cómodo silencio que antes reinaba.

Las piernas apenas le respondían mientras caminaba por el pasillo hacía la cocina, a su derecha estaba la puerta del sótano, a su izquierda, la estantería. Algo había cambiado.

La luz verde de emergencia impregnaba el lugar, y bajo ese extraño brillo las fotos que antes estaban en negro esbozaban ahora su verdadero contenido. Sus ojos no podían comprender lo que estaban viendo. Fotos de personas, posiblemente familias, personas que se mostraban desgarradoramente tristes, en la peor de las agonías. ¿Por qué alguien guardaría esa clase de fotos? ¿Había hecho bien la tarea? ¿Quién demonios eran los Myers? Pero la última foto era diferente, no sabía por qué, pero lo era. La agarró con la mano, reconocía al hombre de esa familia de algún lado. Cuando la devolvió al estante, en su mano había marcas de sangre.

Su mente estaba torpe y no había lugar para razonar todo lo que estaba pasando, llegó a dudar si todo esto era un sueño y acabaría por despertar. “No, debo irme de aquí, debo irme AHORA”

Apoyando su brazo en la pared siguió hasta la cocina. Su mochila le pesaba como si adentro estuviera llena de arena y rocas, pero pudo llegar. Dos tablones estaban incrustados en cruz en donde antes yacía libre la ventana, tapándola. “No es posible, habría escuchado si alguien hubiese martillado esos tablones”.

Sintió como si hubiese estado en esa casa hace ya un año, su corazón le partía el pecho. Algo estaba pidiendo permiso en su mente, un recuerdo borrado de hace tiempo, su amigo Richard. Habían hablado algo, antes de que Richard se suicidara. La escena revivió.

“¿Tú crees en el karma? No. No me refiero a él como mala suerte, no como una mala sensación de conciencia. Sino como algo, real…” dijo Richard.

Claro que no” había respondido riendo. Pero su amigo no reía, por sus ojos, parecía que no había podido conciliar al sueño hace unos cuantos días.

Pues yo sí, y creo que viene por mí”.

Ahora lo entendía. “No”. Esas fotos, esas familias. “No, no es posible”. Esas familias habían sido sus víctimas. “No, esto es un sueño y voy a despertar”. El último hombre, había muerto de un paro cardiaco pocos días después del robo según se había enterado en el diario, posiblemente por la tensión de haber perdido los ahorros de toda su vida. “Pues yo sí, y creo que viene por mí”.

Richard lo miraba desconsolado. Y lentamente desvió la mirada de él para irse a algo que estaba atrás suyo.

El ruido intermitente de las luces de emergencia lo devolvió a la realidad lentamente. Abrió los ojos, seguía en la cocina. Sintió un cuchillo en su espalda, se dio cuenta entonces que su viejo amigo tenía razón.

Cuando se dio vuelta, lo que vio le dio más miedo que su inminente muerte.